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Elefo y el café

Tenía lobos entre los dedos, caminaba entendiendo que la vida no era más que un soplo que le era quitado, pensaba en las cuadras que caminaba y en que debería estar durmiendo; la realidad le parecía algo tan frágil como ilusorio y se terminó dándose cuenta de que no quería terminar en una cama, dobló en la esquina y se dirigió a un bar.
Hasta donde sé nunca supo si lo que le pasaba era algo natural, pero él sentía que había cosas dentro suyo, “como si lagartijas recorrieran su alma”; Elefo, hombre taciturno sentía fluidez en sus carnes, se sentó y esperó que alguna de las meseras se acercara a él. No estaba en condiciones de llamar a nadie, se daba cuenta que las palabras se pierden en el aire y que muchas veces mueren en las cabezas de quienes callan.
Una camarera marga cansada del color marrón de las mesas del bar que atendía, cansada del olor a café que se convertía en olor a trabajo, quitando así toda la esencia que alguna vez creyó que el café poseía desmitificando así el olor a través del trabajo, a través de la venta.
“Un café por favor, que sea doble.”, dijo sin mirarle más que el delantal
“¿Algo más?”
Elefo dudó, ésas palabras le hablaban de deseos, pero de deseos cotidianos, nada tenían que ver con su mar interior de preguntas y respuestas que encontraba en las calles mientras caminaba cuestionándose todo. “Tráigame un bizcocho, con forma de elefante”
La mujer no pudo evitar su malestar, era tomada como una estúpida, como una insulsa camarera que nada tiene que ver con la vida, que está alejada del género humano. Entonces embistió:
“Disculpe, pero soy una mujer, más allá de mi uniforme y del olor a café que se impregna en las fosas nasales. No dejo de ser una mujer, que respira, transpira, va al baño y de vez en cuando se perfuma.”

Las miradas se cruzaron como dos fuegos sofocados, Uno estaba perdido entre las formas que se le rebelaban, creía que nada era cierto y que los objetos están puestos en el bar sólo porque él decide que allí estén; Se daba cuenta de que detrás de los objetos había una ley natural que les daba sentido, o al menos lo pensaba para no sentirse tan solo.
La Otra, estaba perdida en las formas que se le rebelaban también pero ella no veía ningún sentido en trabajar 9 horas diarias, en un café, sirviendo y cortejando a clientes que poco y nada agradecen la cordialidad de un buen servicio. Se daba cuenta de que con 37 años no podía seguir creyendo que con su sueldo de camarera sobreviviría mucho tiempo, si quería viajar y conocer el mundo debería... “Disculpe, estoy un poco cansada, ya le traigo su bizcocho.”

El hombre volvió a su mente, se internó en algún recoveco a salvo de lo que sucede sin su propio control. A veces, tenía la fantasía de que controlaba las cosas que hacía, creía poder prever un día entero, hasta sentía que realmente comía porque tenía hambre y se vestía porque le gustaba llevar ropa elegante. Entre sus otras fantasías figuraba el organizar sus actividades según el tiempo que le depararía cada una de ellas, creía además, que tenía una identidad. Pensaba, que justamente sus pensamientos le forjaban una postura sólida en la vida.
La mujer trajo el café, y dijo: “para el bizcochito, bueno, quería hacerle una propuesta. Si bien el chef tiene algunos bizcochos preparados, están desde el día de ayer. Me gustaría hacerle un bizcocho fresco, de hoy.”
En verdad le quiso decir: “Quiero hacerle algo con mis manos, quiero entregarle la habilidad de mis dedos, quiero impregnar algo de lo que YO soy en un poco de masa elefantada.”
El hombre sonriendo respondió: “no se moleste, hoy por hoy me da igual que tan fresco sea el bizcocho que como, si al fin y al cabo no tengo más que hambre.”
Luego de decirle esto sintió que volvía otra vez a su recoveco y que desde allí podía espiar a la camarera, que por algún motivo aún permanecía al lado de la mesa, taciturna, otra vez, como en algún momento, pensó, algún narrador escribiría sobre él. Creía que si alguien escribiera un cuento con su persona, lo describiría como alguien taciturno. Como un impulso eléctrico de vida, incontenible le dijo:
“¿Qué hace allí parada aún?”, se tomó una pausa, sintió taquicardia y que la adrenalina se apoderaba de él, “¿qué piensa que es esto?, ¿una especie de cuento o novela que requiere que usted se quede allí parada para que algunos dedos en las letras modifiquen su conducta y la lleven a vivir situaciones que sean del agrado de quien lee?”
La mujer sintió ganas de llorar, pero nadie llora en un café, mucho menos si es su puesto de trabajo; Se dio media vuelta, se dirigió a la cocina y tomó un bizcocho, el más duro y amarillento que encontró. Volteó y miró al hombre… ya no era un Hombre, era un cliente. Lo miró como se mira a quien rechaza nuestro profundo deseo de matar, dio un paso, le temblaron las rodillas y se avergonzó de su actitud. Se incorporó nuevamente y caminó hasta la mesa, dejó el bizcocho y lo miró.
“Pero señorita, discúlpeme, pero...”, ella lo miró con una mirada triste, escondida en el escudo de la indiferencia, “no sé cómo decirle... pero éste bizcocho, no tiene forma de elefante.”
La mujer se sonrojó.

viento…
Estuvieron un tiempo así.
viento…

La mesa en la que Elefo estaba sentado era la primera de la derecha pasando por la puerta de entrada, ubicada al lado de un gran ventanal; tenía otra mesa encimada de manera que cuatro personas podían ocupar aquél sector. Con también un mantel a cuadros rojos y blancos, y a modo de decoración: una flor amarilla de plástico, puesta en un florero que sin motivo aparente, tenía agua. Las sillas eran de madera con almohadones atados que hacían más placentero el acto de establecer el cuerpo. Había aproximadamente 24 mesas, dispuestas de manera simple, hileras del lado de la ventana e hileras dispuestas alrededor de la barra del bar.
Se servían allí todo tipo de comidas, desayunos, almuerzos, meriendas y cenas. El dueño nunca aparecía en el lugar, salvo para pasar a retirar la recaudación. Tenía sobre una de las paredes una mala reproducción de "Los elefantes", de Dalí.

viento…

Elefo, se petrificó... nunca antes se había percatado de ése cuadro
“Disculpe señor, pero no sé qué puedo hacer por usted”
“Dejame solo”, le Pidió Elefo. Sus ojos se abrillantaron frente a ése cuadro, su café se enfriaba como así su enojo con la gente, su enojo con las camareras, fundamentalmente su enojo con la gente, como también su enojo con las formas que deben de esconder algún sistema de sentidos propio, su enojo consigo mismo… su enojo.
Era la primera vez en que sentía su nombre, era la primera vez que asociaba su nombre a tal animal, temblando recogió sus cosas, dejó plata sobre la mesa sin conocer el importe y se marchó. No sabía a dónde iba, pero caminaba decidido, la niebla le nublaba cada vez más el juicio. Le pareció escuchar una voz:

¡Elefo vuelve, vuelve y aférrate a lo que yo puedo darte!
¡Elefo! cumple tu destino, no hagas oídos sordos a quien eres.
Descúbrete Elefo, pero para eso voltéate de repente, y siéntete a ti mismo
Elefo... los bizcochos se enfrían

No pudo más que hacer oídos sordos a las palabras que susurraban vientos gramáticos, no pudo más que apretar el paso y sentir que sus piernas se estiraban. Ganaban altura pero perdían grosor, quizá era la camera que llamaba, quizá el importe que dejó sobre la mesa no era suficiente, o quizá sobraba y querían devolverle lo que era suyo.
“¿Qué es lo que es mío?”, se preguntó, y por algún motivo comenzaba a desesperarse, sus humores se tornaban inentendibles y sentía que se elevaba, cada vez más. Ya podía ver por la ventana de los departamentos, a cada paso que daba estaba más cerca del cielo, sus piernas cada vez más largas soportaban el peso en la altura, la gravedad le hacía más pesado y sus piernas cada vez más frágiles.
Sintió que su cabeza se convertía en un peso irreparable, sentía que sus piernas ya no aguantarían más, podía ver a través de los edificios, podía ver el horizonte y sus piernas continuaban vertiginosamente hacia arriba y adelante, a cada paso su peso se distribuía en cada célula de sus regeneradas piernas.
Fluían sus extremidades como ramas hacia el universo, tuvo miedo de sí mismo, no sabía si lloraba o estaba alegre por las cosas que vería. Sentía que las cosas detrás de las cosas eran aromas. Aromas que circulan por el viento y a medida que crecía podía reconocer nuevos aromas, y a medida que crecía su peso se desvanecía en las piernas que ya no tolerarían mucho más peso de su cabeza-aroma. Pensaba en el café, en la camarera, en sí mismo, se tomó la cabeza, el corazón se le aceleraba. Quiso tirarse, tenía vértigo, y recordó que el vértigo es el deseo a caer. Estaba tan alto que podía entretejer sus dedos entre las nubes y casi milagrosamente seguía avanzando por las calles, calles que sólo veían piernas alargadas, y agudas, muy agudas, quedando a la imaginación que arriba de ésos palos desnudos viajaba un hombre. Un hombre taciturno, un hombre como un recuerdo, un esbozo.
Elefo pensó en sí mismo y en cómo le gustaría que escribieran sobre él, garabateó mentalmente:

Sobre las piernas de la libertad, yace un hombre que no pudo construirse las alas, y desarrolló anatomías impropias, extralimitándose hasta el hartazgo. Buscó la forma de que el peso se desvanezca, se estiró hasta llegar a ver una ciudad entera, sus ojos desesperados, libres y asustado; abrillantados por las lágrimas y acelerados por los pulsos de su corazón veían una ciudad rendida, rendida a sus frágiles pies; que avanzaban con miedo, con pasión, con nobleza. Eran débiles porque intentaron ir muy alto, y lo siguen intentando, y cada vez la rendida ciudad es más pequeña, cada vez los giros del planeta se hacen más evidentes y pudo ver una estrella, que parpadeaba pálida.
Cada paso empezaba en la tierra, en un paso frágil pero impulsivo, y remontaba a través de las kilométricas piernas del solvente Elefo internándose entra las nubes, en las ciudades, en las sociedades, en el viento, en los aromas, llegaba más allá aún: llegaba hasta al Universo, y allí una estrella pálida que se apagaba lentamente, en una letanía del letargo le rogaba:

¡Elefo vuelve, vuelve y aférrate a lo que yo puedo darte!



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