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Enclaustrado

Has llegado.
Ponés tus ahuecadas manos para introducirme a tu invasión

Sabía que aquello del silencio era como el ritual que gestabas frente al espejo de tu intimidad.
Sabía que en medio de tanto rouge te escuchabas los latidos del corazón, y que de vez en cuando recordabas el reloj más allá de éste desplante. Recordás el ritmo.
Se que sonreís, pero como al principio ahora lo olvidé todo: El fuego del espejo Gesell, la encandilación matutina de tus sombras, abren el abrazo de cuero para traerme la amnesia en bandeja.
Y sabés que la recibo, y que me la coloco con los labios entre abiertos, arqueando mi espalda hacia el final, que desde los pliegues de mi cama me empapo en sangre escurridiza que no busca más que formar parte de tu círculo de sal, rodear tus manos.
Porque quema el límite, porque anuncia el hecho, porque te presenta como  figura principal a un carnaval de hombres desnudos.
Como si un solo vistazo te bastara, dejo mi vida en tu intento.
Como si no supieras que este lamento embrionario de hombre que te está esperando, para que aparezcas, de una vez, a darle el sentido a nuestros ritmos, con la sal, con los guturales cantos de los hombres y el sacrificio del hombre en camisa, de corbata, viene a darnos.
Como un hombre que se siento, hoy me siento.
Como un hombre que transpira, hoy te espero.
Como un hombre que se cae, hoy olvidaré.

Y no vayamos a creer que se trata de lo que hay ahí afuera, no, femenino corazón ritmo devorador, pides sangre y te entrego mis zapatos, desgastados, desatados, no por el camino, sino por el retorcerse de tus dedos, de ése cielo que voltea cada tanto, haciendo que todo avance.
Cuando cumpliste ése esoterismo de apertura me enteré. Me desperté del sueño cálido y permitido. Antes de tiempo.
Cuando aún las maquinarias oníricas siguieron rodando, y todavía podía verse flotar a las personas, el rotar de las caras, y sobre todo no podía verte acercarte.
Pero así, agobiado por el frío de la carne. De mi carne humana que es lo único que hoy mantengo como único talismán del ser que debió perpetrarse.
Pude verme exhalando-inhalando-exhalando, una ola que nace para morir en sus propios pies. Vi temblar mis manos, apresuradas del ritmo que mi garganta imponía, que a su ve…
¡Si has visto cómo latía la almohada! No reniegues, que el pulso fue claro, la cama estallaba. La habitación  entera con los sacos, con sus ropas interiores para martes, vibraba al unísono, una gran fogata de calor que tan sólo contrasta con lo gélido de mi persona.
Soy el único puente de hielo en el delator espectro de mi cuerpo. Casi como si de golpe, pudieras ser los ojos de quien lee, como si pudieras darle vida a lo que vivo, mientras el sueño sigue desenredándose.
Yo sé que nací para olvidar, y morir entre tus dedos, frente a tus ojos. He de sucumbir, pero… ¿Vos lo entendés?
¡Quitame los ojos de encima!, que aún respiro…
Que leas mi súplica me hace entender que no ha entendido.
Dejá de rodar tu ya no inocente mirada.
Si estás dentro del ritual, si la sal cae por ésta página, entre las letras, y te ensucia las manos, y asistís como único Dios al sacrificio de éste hombre, que intestaste exiliar bajo el sufijo de personaje.
¡Pero ya no! ¡Escuchame!, ya no, porque hoy es un cuerpo el que ves
¡ESCUCHAME!
¿Es que acaso no podes escuchar en vez de leer mis gritos?
¿Es que no sentís la vibración de la hoja? ¡Estoy acá!
Sé que he de morir aplastado entre tus hojas empujadas por tus dedos.
¡Estoy acá!
¡SALVAME! Salvame… revientan mis manos frente a tu página como un grito silencioso…
Un grito por los ojos, acá te lo dejo, como un aullido codificado entre letras… porque sólo eso parece importarte, terminar de leer mis letras.
Un hombre tendido en el suelo, con sus manos ensangrentadas, por pedir ayuda desgarrando el cielo, lo rodea un círculo de sal.
Pero no está sólo, una divinidad lo ayudó a morir.


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