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Su cuerpo reclinado en la mesa de dibujo, ovalándolo estiró la mano, y por debajo, entre la piel y la camisa, rodó una gota de sudor. Estaba cansado y reposado en el lecho de su espalda había algo muy pesado que quería decirle algo, a lo mejor eran cuestiones de la mente. Incorporándose estiró los brazos hacia ambos lados lo más que pudo, y los dedos alcanzaron el máximo de su longitud. “El límite”, pensó y hasta pudo murmurarlo, pero no es lo importante.  El viento frío de la ciudad lo hizo tiritar, tomó el lápiz, el hexágono de madera hace juego con su piel, lo puso lentamente entre sus dientes y se apresuró a sacarse la camisa que cayó inerte a un costado. “Ahora sí”, a pesar del frío la transpiración bajaba y decoraba el cuero de su cuerpo, asistiendo a la curtiembre tomó su lápiz y se acarició el pecho, el granito se mojó. Por eso el primer trazo salió húmedo, el siguiente lo liberó. Alzó los ojos y un hermoso espejo lo reflejaba, carne transpirada y madera, “Si tan sólo la carne no fuera mía. Debo cuidar de mismo, el silencio es un tanto peligroso”, estiró su mano izquierda sobre la mesa sin dejar de mirar lo que tenía enfrente, sus dedos tocaron una barra aceitosa, maniobró para cortarla y trayéndola entre su índice y pulgar la colocó en un su boca, “Mantecol”, uno de los placeres cumplidos y éste trabajo que no acaba más.
Había yerba mate en el suelo algún torpe acompañante la habría tirado, medias en el suelo, pantuflas… de alguna u otra forma en el piso había evidencias de la vida que vino desarrollándose hasta llegar a este punto.
Empuñando el hexágono dibujó un carnero, lo hizo rápido sin esperar ni fijarse en cómo venía saliendo, caprichosamente; al terminarlo lo miró, se enojó y le clavó el lápiz en medio, esperó la sangre pero los papeles no sangran.
Enderezó su columna vertebral y la reclinó hacia atrás, eso le daba distancia, y de algún modo pudo ver su enojo, “Las emociones pueden verse, ¿Y se podrán oler?”, sólo olía transpiración y eso no es una emoción. Únicamente tuvo que girar un poco el cuerpo, levantar un pesado diccionario y…
Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe:
transpiración o traspiración
1. f. Acción y resultado de transpirar o transpirarse.
2. Salida de vapor de agua a través de las membranas de las células superficiales de las plantas.
¿Tocaron el timbre? No había tiempo para ver si alguien venía a visitar, quizá un vendedor, quizá el amor, quizá… No hay tiempo para los quizases, trabajo por terminar y demasiadas… Abrió el cajón cercano a su rodilla derecha, sacó una hoja en blanco y una birome azul, las puso sobre la mesa y destapó la lapicera con los dientes. Sintió un escalofrío y una presencia detrás, cuestiones de la noche en la soledad y en el departamento que muchas veces…

“Querido hermano,
Es verdaderamente muy difícil para mí explicarte lo que sucede en mí ahora mismo. He asistido hoy a las oficinas y no hay caso, volvieron a negarlo. No es una tontería, lo juro, sé que como abogado es difícil entenderme, pero si me has representado los primeros tres meses hasta que no pude pagarte más, espero que lo hagas ahora que te envío algo de dinero. “¿Qué?”, se dio vuelta sintiendo una fuerte presencia, como si lo llamaran, se asustó y pensó que realmente alguien estaba allí, respiró intentando tranquilizarse, volteó nuevamente
Volvieron a insistir que por cuestiones de seguridad, leyes e infinitos controles… controles que nos ejercen a cada rato hermano, si en la calle no hay sorpresas es porque han encauzado todo tan bien hermano.  ¿Quién podrá descarrilar si han hecho todo para que lo más seguro sea seguir al vagón de enfrente? Su vejiga estaba llena de líquidos, tenía una pulsación en la zona púbica, debía orinar.
-¡Emmanuel!
Hermano, comienzo a ponerme muy nervioso, creo escuchar voces. Lo curioso es que ya no es la voz de la oficinista intentando decirme que de alguna forma deben identificarme y nombrarme mis amigos; aunque hacía oídos sordos a que yo no tengo amigos… “Y que cómo hacen para voltearme en caso de yo ir distraído por la calle”, insistía. Pues, suelo responder a frases como: “¡Señor!” “che flaco”. "Es horrible", decía ella con su camisita tan doblada y sus labios tan finos y su pollera, que supongo yo que traía porque la mesa ocultaba su parte inferior... ¡Patearle la mesa!, eso tendría que haber hecho a ver si ella se ponía a gritar mi nombre. No, no iba a gritar mi nombre, iba a gritar que yo estoy loco y llamar a un guardia.
Estaba tan enojado que no podía levantarse de la silla, todo fluía muy bien y el baño debería esperar una carta a su hermano, quizá la última hasta que entendiera que no es un empeño estúpido, sino el resultado de años de pensamiento, teorías y tantas prácticas. A cada latido lo retenido era más y más desesperante

Querido hermanito, cuando jugábamos en la plaza no empleábamos nombres, ¿lo recuerdas? Nos bastaba con mirarnos a los ojos, y proponer los distintos juegos. Era una comunicación perfecta no es necesario que…
¡EMMANUEL!”, Volteó con los ojos más cuencos que nunca. No pudo sostenerlo y algo de orina cayó. Primero mojó su ropa interior, luego la pierna y cuando empezó a rodar hacia abajo:

No puedo entenderlo, no quiero tener un nombre. Yo no soy como me llaman. Además siento que me llaman a cada rato hermano, sé que volverás a insistir que retome la psicóloga… pero no es eso. Ahora estoy decidido, mi vida perfectamente puede seguir sin tener un nombre.
Pensaba en lo poco importante de los hombres con nombres, y un río de pis lo invadió, “al menos me ayuda a combatir el frío”, pensaba, tomó la birome. Su hermano era el único capaz de ayudarlo
-¡EMMANUEL!
-¡¿Qué?!
-No me grites
-Perdón.
No hay nadie, date cuenta. ¿Por dios, que me pasa? Yo ya no soy Emmanuel esto debe quedarnos claro. Los problemas de la identidad ya los hemos enfrentado… es que a veces el recuerdo de mamá diciéndome Emma y con galletitas recién hechas. Ésas galletitas con dulce de batata, yo tan internado en los videojuegos y mamá que me sacaba de allí con una manualidad casera y llena de amor. Esa hermosa voz tan cálida, tan terrenal. Pero ahora no es así, ahora no hay voces que llenen de sentimientos los nombres... ¡¿Qué?! ¡¿Qué carajo valen los nombres si hay millones de personas que tienen nombres iguales?! ¿Qué los diferencia entre sí? Nada…. Que pertenecen a distintas personas… ¿pero qué? ¿Cómo distinguimos a las personas? por su cuerpo… ¿y el cuerpo es la identidad? Déjenme de joder.

¿Hermano por qué no pueden utilizar mi número de Documento Nacional de Identidad para referirse a mí en todo lo que sea legal y dejan mi vida privada para mí? Por suerte ya he superado la etapa en que preguntan mi nombre y contestar que no tengo… y que miren como si uno quisiera engañarlos… ¿y en el documento qué dice? ¡No dice nada el documento, pelotuda! Esa mirada que se transforma de creer que uno quiere llamar la atención a pensar que estoy loco de remate. Porque vos los sabes más que nadie eso, a todos los que no tienen nombre los llaman locos: “Hola, mi nombre es Claudia” Pero mirá qué bien “Claudia”, ¿y a mí qué? ¿Acaso vos pensás que por saber tu nombre sé más sobre tu persona? ¡Como si la C mayúscula seguida-de-la-ele-seguida-de-la-a-seguida-de-la-u-seguida-de-la-dé-seguida-de-la-i-seguida-de-la-a nuevamente  me dijera algo respecto de tu personalidad! Relájate Emmanuel”.
Hermano, ya te he llenado el buzón con mis ensayos sobre el nombre de la identidad, necesito que me ayudes.
Su orina desparramada en su ropa interior y pierna izquierda empezaba a enfriarse, el viento lo hacía temblar de frío, Emmanuel, vení a jugar conmigo
Hermano, dile a todos allí que estoy muy bien, que el mono ambiente en Villa Urquiza me sienta bien, vivir sólo “quisiera bailar con vos” me da la tranquilidad que necesito.

Espero puedas solucionar las cosas pronto,
Besos a papá, dile que lo extraño
Firmó en la parte inferior derecha de la hoja y dejó rodar la birome por la mesa. Estaba cansado, “mañana debo trabajar”, se levantó y dirigió al colchón que momentáneamente estaba en el suelo, “Hasta que traigan la cama, la he encargado el viernes”, decía. Pero no podía mentirse así mismo, así que se tiró sobre el colchón y miraba las paredes llenas de dibujos de carneros, algunos lo miraban y otros no; Con Cuernos, mansos y enojados como si entraran a la habitación, no encontraran lo que buscan y se marcharan. Mi padre hacía eso, entraba en mi habitación, sin decir nada me miraba y miraba alrededor y luego se marchaba. “Mañana tengo que trabajar”, y una bola de fuego le quemó la panza, ¡qué horrible es acordarse de las obligaciones! Era como si de golpe su oficina lo siguiera a cada lugar al que viaja, y como si su uniforme flotara en el aire y se impregnara en los dibujos de carneros. Carneros que tomaban forma y saltaban sobre el colchón y lo miraban, tan mansos y tan enojados.
-¡Cómo los odio! Se repetía una y otra vez, por lo bajo ¡Cómo los odio!
-Si tanto te molestan, podés bailar conmigo, tengo mi espalda al descubierto
-Andate…
-Pobrecito, tan cansado él. Dale Emmanuel vení a bailar.
Podía ver cómo los carneros oficinistas bailaban alrededor de ella, y él con los ojos ensangrentados de ira le forzó una voz serena: “¿Y vos quién sos?”
Se rió, sabía que la única forma de vencerlos era confrontarlos… y no eran nadie a pesar de que los carneros sigan allí. “Pero los carneros mueren día a día”, se decía. En rebaño es tan simple como asignarles un volver al nombre y morir en el triste papel, tantas veces dibujado y tantas veces muerto, los dibujaba sabiendo que morirían.
Lloró.
Porque alguien hace lo mismo con él, lo dibujaron y debajo con una flecha colocaron: Emmanuel. Lloró porque nunca podrá ser un carnero de verdad porque los carneros no tienen nombre. Pero los odiaba porque lo obligaban a ir al trabajo y debía bañarse porque aún estaba orinado y las sábanas que se mojan….
“Quiero dormir… necesito dormir”, miró a los carneros y entendió que ésta noche no debía matarlos, ésta noche para dormir en paz los va a enumerar:
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete...
(y se durmió)

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