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Celeste

Ya desperté, eso me hace sonreír.
Y con los dientes hacia el sol se desperezó lentamente, suave. Giró su cuerpo, y vio los restos de la noche de ayer esparcidos como mugre en el día claro de hoy. El libro de bolsillo era lo que incomodaba en las costillas, anoche me dormí leyéndote. Agarró los cigarrillos, los dibujos de crayón y se levantó.

Con su cuerpo tibiamente sucio, la vida ensucia. Vivir implica esto, y tomar la escoba y barrer. Y que la mugre nunca se limpia, simplemente se corre de lugar. Del suelo, a la pala, de la pala a la bolsa de nylon. Y del nylon, al tacho. Dejando la escoba y mirando el piso, ya desperté, eso me hace sonreír. Quizá un camión de basura, y... ¿algún acantilado? Por qué acantilado, montaña de residuos que se me antoja con lavarropas viejos de alguna señora, utilizables claro, pero tan lleno de ese basural. Que allí queda. Abrir la ventana, que el viento purifique.

los antropófagos coronados



I
Entre tendones y producto de la tracción a sangre, han nacido los niños. De carne, cables de acero trenzado y músculos vírgenes. Creciendo entre columnas de cristal con la espada y las letras de la moral.
¡A todos se los comieron!
con los colmillos forjados en nobles cunas.
Se apuran los últimos gemidos progenitores, ahogándose en la más pura tristeza de haber perdido en la lucha más noble y natural.
Entre noches inocentes a soles culpables se planeó el banquete, transpirando de soledad, enmugreciendo el cuerpo de hedor, bañando la piel de furia incomprensible. Sudor que filtra hacia la sangre; que se evapora por sus poros ensuciando poco a poco, el aire que el Rey y la Reina de casa respiran.

Canonización


“Si no sabes hacia dónde vas, cualquier camino te llevará allí.”
Alicia en el país de las maravillas.

“¿Y cómo podemos comenzar?, no se me ocurre por dónde”
Del otro lado del cristal -un acrílico que separaba las dos habitaciones comunicadas apenas por un micrófono y amplificador correspondiente a cada lado-, contestaba un hombre carreaspeante, intimidante:
 -Pues bien, comienza contándonos algo de ti
-Mi nombre es…
-Pésima manera de comenzar, interrumpió el señor Yann, lo que dices no es de interés para nadie. Mucho menos para un lector tan exigente como el que tenemos frente a nosotros.
-Y entonces, ¿cómo va a reconocerme ese lector que usted anuncia?, preguntaba temeroso restregándose las manos sudadas el hombre calvo, mientras rogaba que cada segundo fuera el último en este interrogatorio.
-Pues bueno, ¿puede decirnos cómo le dicen?
-Me llamo…
-No comience a irritarme señor, se lo pido por favor, su nombre… ¿sabe cuántos nombres hay por allí revoloteando? Simplemente diga cómo le dicen. Suplante su nombre, y será particular. De otro modo…

Paladín Solipsista



 La madera de la silla recibía su cuerpo, el vaso con alguna bebida ya se deslizaba demasiado lejos del alcance de su mano, que sentía el frío entibiarse entre su cuero cabelludo.
 Que ellos estuvieran allí abajo no le preocupaba, ¿Que gritaran? Quizá un poco, pero ahora tenía entre manos su frente que intentaba contener un desbocado pensamiento: “¿Por qué?”
 Porque ahora estaba triste y la bola que presionaba el pecho le hacía tener frío en los labios, que temblaban para murmurarlo otra vez: “¿Por qué estoy triste?”;

Solicito ingresar a mí


“Sé que hay un lugar de belleza natural.
Sé que aunque se hayan esfumado los rostros de todas las personas, hay un lugar donde seré… comprendido.

Sus pies no tocan el suelo desde hace mucho tiempo, la cama ha sido su cómodo lugar de fascinación existencial, y además su coraza. Hemos pensado reiteradas veces en encerrarlo, pues no puede asumir el control de su vida... o no parece querer tenerlo.

Para imprimir y colocar en el sillón individual


Un hombre, sentado en un sillón, con un vaso sobre la palma de su mano. Come pan, su mirada esconde mentiras de lujuria. Ficciones espera en la biblioteca y esperará más,
¿Que está tomando?
Bebe dirás, pensamiento, dirás.
¡No! No diré pensamiento
Dirás los ocho números de la cábala
1
Leer el kamasutra
2
Beber whisky
3
Añorar ser complicado
4
Actuar por placer a la extrañeza
5
Mentirse a si mismo continuamente
6
Regocijarse en la vacuidad de la ignorancia
7
En el país de los ciegos el tuerto es rey
8
No tengo ocho
¡8!
Oír la esperanza de algún día cambiar, y ser por fin lo que deseo en sujeto y no en pensamiento. Una alfombra roja, de bordados insulsos. Una mano pintada en la pared representa el movimiento obrero. Por la ventana puede verse a los judíos discutir.
El vaso se rompe, comienza a caer el agua por la mano. El agua se convierte en sangre, la sangre se convierte en agua, el agua en un vaso que nunca se rompió, la música tomaba un rumbo desconocido cuando el llanto del animal hizo que se levantara y cayera en su dormitorio, en su cama, en su almohada…

¿Qué te importa dónde cayó? ¡Lector idiota! espía con permiso.

Hay olores que no deberías recordar.

La habitación era absolutamente naranja, con contornos negros que la delineaban. No… no era una habitación era una mujer. Contorno naranja de existencia, no... mejor relleno Relleno, aunque tampoco me gusta la palabra relleno, Contenido es mejor. Contenido de fluidez, de verdad, de esencia a mujer. Y contorno negro de dominación, de rigidez, de poder. Nunca nadie supo pisar así sus testículos. Bailaba sobre las llamas, y moría en las cenizas, mientras el viento invitaba a otra danza ancestral.

Asigna

Su cuerpo reclinado en la mesa de dibujo, ovalándolo estiró la mano, y por debajo, entre la piel y la camisa, rodó una gota de sudor. Estaba cansado y reposado en el lecho de su espalda había algo muy pesado que quería decirle algo, a lo mejor eran cuestiones de la mente. Incorporándose estiró los brazos hacia ambos lados lo más que pudo, y los dedos alcanzaron el máximo de su longitud. “El límite”, pensó y hasta pudo murmurarlo, pero no es lo importante.  El viento frío de la ciudad lo hizo tiritar, tomó el lápiz, el hexágono de madera hace juego con su piel, lo puso lentamente entre sus dientes y se apresuró a sacarse la camisa que cayó inerte a un costado. “Ahora sí”, a pesar del frío la transpiración bajaba y decoraba el cuero de su cuerpo, asistiendo a la curtiembre tomó su lápiz y se acarició el pecho, el granito se mojó. Por eso el primer trazo salió húmedo, el siguiente lo liberó. Alzó los ojos y un hermoso espejo lo reflejaba, carne transpirada y madera, “Si tan sólo la carne no fuera mía. Debo cuidar de mismo, el silencio es un tanto peligroso”, estiró su mano izquierda sobre la mesa sin dejar de mirar lo que tenía enfrente, sus dedos tocaron una barra aceitosa, maniobró para cortarla y trayéndola entre su índice y pulgar la colocó en un su boca, “Mantecol”, uno de los placeres cumplidos y éste trabajo que no acaba más.

Enclaustrado

Has llegado.
Ponés tus ahuecadas manos para introducirme a tu invasión

Sabía que aquello del silencio era como el ritual que gestabas frente al espejo de tu intimidad.
Sabía que en medio de tanto rouge te escuchabas los latidos del corazón, y que de vez en cuando recordabas el reloj más allá de éste desplante. Recordás el ritmo.
Se que sonreís, pero como al principio ahora lo olvidé todo: El fuego del espejo Gesell, la encandilación matutina de tus sombras, abren el abrazo de cuero para traerme la amnesia en bandeja.
Y sabés que la recibo, y que me la coloco con los labios entre abiertos, arqueando mi espalda hacia el final, que desde los pliegues de mi cama me empapo en sangre escurridiza que no busca más que formar parte de tu círculo de sal, rodear tus manos.
Porque quema el límite, porque anuncia el hecho, porque te presenta como  figura principal a un carnaval de hombres desnudos.
Como si un solo vistazo te bastara, dejo mi vida en tu intento.

Elefo y el café

Tenía lobos entre los dedos, caminaba entendiendo que la vida no era más que un soplo que le era quitado, pensaba en las cuadras que caminaba y en que debería estar durmiendo; la realidad le parecía algo tan frágil como ilusorio y se terminó dándose cuenta de que no quería terminar en una cama, dobló en la esquina y se dirigió a un bar.
Hasta donde sé nunca supo si lo que le pasaba era algo natural, pero él sentía que había cosas dentro suyo, “como si lagartijas recorrieran su alma”; Elefo, hombre taciturno sentía fluidez en sus carnes, se sentó y esperó que alguna de las meseras se acercara a él. No estaba en condiciones de llamar a nadie, se daba cuenta que las palabras se pierden en el aire y que muchas veces mueren en las cabezas de quienes callan.
Una camarera marga cansada del color marrón de las mesas del bar que atendía, cansada del olor a café que se convertía en olor a trabajo, quitando así toda la esencia que alguna vez creyó que el café poseía desmitificando así el olor a través del trabajo, a través de la venta.